El mar. Navegar. Las anclas, las velas, los
domingos y las gaviotas. El incontable repiquetear de los pájaros carpinteros
en la proa y un dulzor especial después de la pesca nocturna. Días y días de un
azul turquesa prolongado y la sensación inexistente de que todo volverá. Nada
más allá de una tormenta feroz cuando el crepúsculo cae y la clara y repetitiva
angustia de pecho, tan fuerte como un re del mismo pecho. A veces el sol no
sale al otro día. A veces la oscuridad madruga. La maldita y acosadora soledad,
sin estar solo. El mar, el camino obvio, sisi, para allá. Un viaje desolador. Continuo. Marcado por la
punta arrugada del fracaso. Fracasar y hundirse hasta que la frente llegue al
titanic. Desangrarse y otra vez volver a navegar. El mar nunca sabe mejor que
cuando la sal te arde en las heridas. Y en ese incansable cause azul una noche
de primavera chocamos. Mi mar intentaba brillar, pero solo intentaba. Nunca pensé en nadar seriamente .Un par de ahogos y algún otro hueco en mi barquito me tenían los
dedos acalambrados. La sal me arrugaba las pestañas y sensación de que nada podía
ser como se veía desde arriba, me agobiaba. Las mañanas también tenían un dulzor
especial (la pesca nocturna funcionaba). Navegar, navegar y navegar. Hemos navegado. Encontramos algunas estrellas vislumbradas y también
detestables meteoritos, ya destrozados por la mirada de nuestra popa. ¿Quién creería
en la barca incurable de sensaciones únicas y encontradas que sedujeron a
nuestro amor? ¿Quién sospecho que en nuestro barcochocadoyarmadodenuevoamano
las tormentas no tenían efecto? Incomprendido el rugir de un motor imparable a
punta de pistola en la marea roja. Loca y disparatada
la valija que llevaste entre los elementos de cocina. Los cuentos y escritos de
la maquina sin la tecla B que siempre pero siempre estuvo ahí. Podría ser vos. Podría
ser yo. Descendimos del cielo a los infiernos. Pretendimos ser poesía. Pelear
con el mundo y su océano de
alucinaciones. Hasta que por fin ¡Nada existe! ¡Nada existirá! No sé si acaso
existe una razón para acordarnos. ¡Yo no como decirte que te busque sorteando el
tiempo y el dolor! Sé que en la soledad no había nada que temer, pero también sé
que cada día fue un paso para entender que hay un respiro en el amor. En este
invaluable, inseparable y fulminante amor.
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